Sáb. Oct 16th, 2021

La figura de María de Bethencourt y Molina es paradigmática de la situación de otras mujeres que desde la antigüedad se han dedicado a la ciencia.

Son pocos los datos que tenemos acerca de quién fue realmente esta canaria, pues apenas hay algunas referencias biográficas ligadas a su hermano, el insigne ingeniero Agustín de Betancourt y Molina fundador de la Escuela de Caminos, Canales y Puertos en 1802, inventor y planificador urbanístico de varias ciudades rusas y que nos han llegado a través de la correspondencia que mantuvo con él y con otros allegados. 

De ella sabemos que nació el 19 de diciembre de 1758, en Los Realejos (Tenerife). Tercera de una prolífica familia perteneciente a la nobleza media y de tradición ilustrada formada por once hermanos, vivió toda su vida en la casa familiar por la que pasaba la élite intelectual canaria y europea, lo que le facilitaría estar al tanto de los acontecimientos y los cambios más relevantes que se producirían en Canarias, en el resto de España y Europa, e incluso en América. María del Carmen, fue una niña inquieta y una gran aficionada a la investigación, tal vez animada por sus hermanos, José y Agustín, con quienes mantuvo un especial lazo afectivo y quienes probablemente la animaron a desarrollar su genio inventivo, convirtiéndose en una mujer culta, a pesar de las limitaciones que se imponían a la educación femenina en aquella época, donde las mujeres tenían grandes dificultades para acceder a los estudios, al contemplarse los institutos y centros de formación como espacios eminentemente masculinos. 

A esta pionera de la ciencia en Canarias, se deben grandes avances en el progreso de la industria textil en las islas, gracias a sus conocimientos de los productos naturales y al manejo de las disoluciones y sales, encontrando su gran pasión en la seda, a la que dedicó numerosos estudios desde temprana edad. De los trabajos que realizó, uno de los más interesantes es el teñido, un proceso químico que en el siglo XVIII era todavía una acumulación de experiencias a base de prueba y error. Además, experimentó con la alimentación de los gusanos de seda y utilizó diferentes técnicas textiles que la llevaron a la realización junto a sus hermanos de la primera máquina de tejer terciopelo que existió en CanariasTambién buscó nuevas herramientas que facilitaran el trabajo, construyendo con su hermano Agustín  la máquina epicilíndrica para entorchar seda la cual presentaron en 1778 en la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife, donde también presentó en 1779 su Método económico para tintes de carmesí fino, escrito que contenía dos recetas de tintes para seda. 

María permaneció soltera y murió en el Puerto de la Cruz el 24 de mayo de 1824. Sin duda alguna, ella rompió los esquemas predeterminados a su condición femenina en el siglo XVIII, trabajando con meticulosidad y siendo plenamente consciente de la importancia del trabajo femenino dentro y fuera del hogar, revitalizando la industria sedera isleña que se encontraba en decadencia en estos momentos.

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